El mundo cambia y en algunas empresas, simplemente, no se enteran

Chica aburrida en oficina

 

Lo miremos como lo miremos el mundo de la empresa está en crisis y no solo se trata de cuotas de mercado reducidas o de competencia a nivel global, se trata mayoritariamente de la incapacidad de las empresas (o las personas que las dirigen) para lograr que sus trabajadores alcancen un equilibrio saludable entre lo que desean, lo que son capaces de hacer y aquello por lo que se les paga.

Puesto aquí en el papel reconozco que es fácil de analizar;  llevarlo a la práctica es harina de otro costal.

Cuando cada año después de las vacaciones aparecen como por arte de magia psicólogos, coaches, gurús y demás personajes que nos explican y aconsejan sobre como volver a ese lugar temido y odiado que parece ser el puesto de trabajo de la mayoría de las personas,  hay que preguntarse qué es exactamente lo que se está haciendo mal y buscar la mejor forma de solucionarlo.

Analizando lo que sucede en muchas de las empresas con las que colaboro detecto algunos puntos que pueden ayudar a entender porqué la distancia entre la satisfacción personal y el desempeño en el puesto de trabajo parece hacerse cada vez mayor.

  • Falta de alineación entre el puesto que la persona desempeña y sus puntos fuertes.
  • No entender o no ver la importancia del trabajo que se lleva a cabo y su impacto en los resultados de la empresa (si es que tiene impacto alguno).
  • Poco o ningún poder de decisión sobre aquello que les afecta directamente  con lo que se acaba creando una cultura de “indefensión aprendida” en la que las personas acaban pensando “para qué molestarme si al final es otro el que decide por mí”.
  • No involucrar a los interesados en aquello que les concierne : desarrollo de políticas de reconocimiento, compensación, horarios, etc.    Alguien muy por encima decide que es lo mejor para los trabajadores, o se le pregunta al comité de empresa que,  con frecuencia,  suele estar más ocupado en su propio beneficio que en el de las personas a las que representa.
  • Una distancia abismal entre el discurso y los hechos por parte de los directivos y los mandos intermedios.
  • Sistemas de compensación en los que se agrupa a los trabajadores por categorías en lugar de premiar el desempeño individual ¿para qué esforzarse si al final cobran todos lo mismo?.
  • Sistemas de compensación en los que los logros son tan poco valorados que no merece la pena esforzarse para alcanzarlos o en los que el trabajador ve claramente que su esfuerzo se traduce en euros para la empresa pero no necesariamente para su beneficio.
  • Falta de comunicación.   Se enteran de las cosas a través de “radio-pasillo”, rumores, cotilleos porque la dirección considera que o no es importante transmitirles información,  en algunas empresas todavía se cree en aquello de “la información es poder”,  o porque simplemente no se ha caído todavía en cuenta que un trabajador informado es un trabajador que puede decidir mejor.
  • Sistemas de control que tratan a las personas como si fuesen irresponsables e inmaduros algo que, lamentablemente, acaba convirtiéndose en una profecía auto-cumplida.
  • Métodos y sistemas de trabajo que se alejan cada vez más de lo que las personas necesitan:  sentirse útiles, sentirse valorados, sentirse reconocidos y sentir que con su esfuerzo diario que – en la mayoría de los casos – no es poco,  contribuyen a algo realmente importante.

Y así podríamos ir aumentando la lista.

La solución no es fácil pero tampoco es imposible.   Se trata de establecer diálogos productivos,  de involucrar a las personas en la búsqueda de soluciones que también les beneficiarán,  en eliminar tantísima burocracia y sistemas internos que entorpecen y desaniman al más motivado y juntos diseñar nuevas formas de trabajar, de remunerar, de organizar el trabajo.

Personalmente no deja de sorprenderme la incapacidad de muchas empresas (o las personas que las dirigen) para, por ejemplo, hacer algo respecto a los horarios de sus plantillas.   Para cualquiera que esté interesado hay cantidad de estudios que demuestran que las personas son más productivas cuando se les permite elegir los horarios en los que quieren trabajar y se les da libertar para hacerlo.  Obviamente esto requiere marcar unos objetivos y hacerles seguimiento y ahí es donde muchos mandos intermedios o jefes se desaniman.  Para muchos es mejor tener a la gente “prisionera” cuantas más horas mejor porque así como mínimo creemos estar pagando por el rato que están en la empresa.   ¿Cuántas personas se pasan una parte importante de su jornada cotilleando, chateando, navegando por internet o pensando en las musarañas?  Probablemente muchas porque ¿cómo se explica si no nuestra galopante falta de productividad?

Si nos tomamos el tiempo para hablar con nuestros colaboradores y escuchar activamente interesándonos por qué es lo que disfrutan más, que opinan de su puesto, como podrían ser más productivos, en qué proyectos les gustaría participar, ¿reestructurarían su puesto si pudieran hacerlo? Y así un sinfín de preguntas más,  es probable que nos sorprenda la cantidad de buenas ideas que tienen y el incremento en su nivel de motivación…siempre y cuando, pongamos en marcha algo de lo que nos digan.    No hagamos como suele suceder con las ideas de los antiguos buzones de sugerencias…que caían en un agujero negro donde nunca más se sabía de ellas.

¡Feliz semana!

 

 

 

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